31 de agosto de 2014

Elche | Piel de serpiente

Recuerdo (o puede que me lo haya inventado) que cuando era adolescente, mi padre nos advirtió una vez acerca del posible peligro que podíamos encontrar caminando de vuelta a casa en las horas centrales del día en verano: cómo de los pequeños agujeros en el camino de tierra que llevaba a la parcela podían surgir víboras o cómo los surcos en zigzag podían indicar su presencia o paso reciente. Creo recordarme (o puede que me lo haya inventado, insisto) recorriendo el camino, escrutando el suelo, dando pequeños saltos cada vez que veía cualquier pequeño orificio en la tierra. Esta aprensión con el tema serpientes (que me perdonen los biólogos) está siempre latente, y de vez en cuando se hace más presente: por ejemplo, si camino junto a las vías del tren en Elche un mediodía caluroso-no-lo-siguiente de finales de julio, o por un barranco perdido, en medio de ese silencio extraño de paraje deshabitado o poco transitado, entre matorrales secos y, sí, alguna que otra piel de serpiente. Y graffiti, mucho graffiti.  

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